Aquí están de nuevo. Aquí vuelven con energías renovadas tras el traspies de “The Great Destroyer”. Y lo hacen a lo grande, pero alejándose del miedo que provocaban en sus canciones de antaño (ver comentarios del disco “The curtain hits the last”). Ahora, de la mano en la producción de David Fridmann, vienen cargados de sonidos electrónicos.

“Pretty people”, es una marcha marcial que inicia la acometida de la tropa mormona, tras la cual “Belarus” nos trae a unos Low haciendo indietrónica. No esta mal el experimento, aunque yo me quedo con los lamentos de tiempos antaños. Pero hay que reconocer que no han perdido fuelle, que siguen siendo únicos en contaminar el cielo de plegarias inútiles.


En “Breaker” se atreven con un gospel de corriente alterna, y en “Dragonfly”, aparece su minimal combate de voces tan reconocibles cuando te sientas en el sillón y arrecia la sinfonía del ocaso. Sí, es un buen álbum éste para deleitarse con las nuevas maneras de llevar unas ideas que no han cambiado su fondo en tantos años. Como lo muestra “Dust on the window”, cual bálsamo de licor venenoso o “Your poison”, la merienda en una capilla sin fe.

Para que un grupo no se momifique es positivo que se den nuevos pasos, que se introduzcan nuevas maneras de construir la idea que es el eje de una forma de trabajar. Aquí, sin dar muestras de cansancio, penetrando hasta el fondo de tu alma, se desnudan para mostrarnos la piel del miedo, la resurrección de un quejido. No es casualidad que acaben con “Violent Past”, el solemne abrazo en la niebla, mientras el teclado perfora la luz y la habitación se llena sinuosos trenes hacia el confín. Baterías y pistolas para llegar a fin de mes con la cartera llena de esperanza.