Sobrecogedor. Es la palabra que mejor define el disco de estos tres mormones de Minnesota, comandados por Mimi Parker y Alan Sparhawk, precursores de un estilo que alguien llamó slowcore. Música lenta, guitarras perezosas, voces que se arrastran en un maremagnum de silencios. Así es esta grandiosa obra. Empiezan con la estremecedora "Anion" en la que ya se define lo que vamos a oír despues: emoción y desgarro.

Nadie como ellos para romperte el corazón. En "The Plan", te hace llorar la voz de la pitonisa de la sensualidad, y en "Moon says", la depresión y la belleza se contienen por unos segundos para llegar al final a poseer tu alma. Nunca Low han fallado; siempre han sabido moverse entre sombras para llenarte la vida de frío y calor. Su ideario es la lentitud, los acordes que se tiñen de otoño, la mano que mece la cuna de un suspiro que parece que nunca se acaba.


En "Standay" las voces se cubren con las guitarras anémicas. Y en "Laugh" se parecen a un  Neil Young en coma, resignados de por vida a llevar la fe hacia la desesperación. El experimento se llama "Do you know how to batlz", que se alarga y se alarga llenando los oídos de rosas hambrientas. En su haber élepes de una enormidad apabullante, "Trust" (2002), "Things we lost in the fire" (2001), o "The Secret Name" (1999). En todos ellos la lírica se puebla de bosques de lamentos, de una embriagadora sensación de paz y conmoción.

"The curtain hits the last" es uno más de los latidos de los pasajes desolados. Escucharlo es dejarlo todo por una armonia de amor. Acaba de nacer su nuevo retorno chillido titulado "Drums and Guns" (2007), pero eso lo dejo para otro día. Con hoy nos contentamos con un paseo de hermosa devastación.