Con este disco acabó una de las aventuras más imaginativas, portentosas y surrealistas que ha tenido la música pop por estos lares. El Niño Gusano tuvo el gran acierto de romper moldes con sus extrañas letras, sus melodías atemporales y lunáticas, su manera tan extravagente de componer canciones.

Y si "Circo luso" (1995) y El Efecto lupa (1996), fueron buenos, se llevaron la palma con este pedazo de disco que es un buen epílogo a una carrera repleta de temas para soñar, para dibujar en la pared flores parlanchinas o en el cielo panaderias de amor.


"El fabricante de alas de mariposa", "Papel de regalo" o "Casanova", son solo ejemplo del maravilloso mundo que crearon, donde la inspiración y su pop de juguete hacian que pasases un rato inigualable.

Porque tras el inicio con "Telehueso", himno infantil sin palabras, te rompes en pedazo con "Angel guardia", y sus versos arrastrados que dan paso a "Mira el pendulo", donde dicen cosas como: "los lobos nunca conseguirán que sus aullidos puedan alunizar", frase que define toda una carrera valiente, llena de colores y fantasía.

Y siempre usando los teclados como excusa, convirtiendo al instrumento en una caja de pandora de ritmos imposibles, acordeones galacticos, adictivos pastillas de una droga que nos pueda salvar de un mundo demasiado normalizado.

EL Niño Gusano nos conquistó desde el inicio, y con este su final nos dejó un enorme hueco que no han podido cerrar las dos aceptables  bandas que se gestaran tras el fin del grupo: Tackenko, y La Costa Brava.

"Me gusta más envenenar manzanas que quitarles la piel". Hay queda eso.