La habitación está a oscuras. A penas la luz se introduce por las diminutas rendijas de la persiana, no llegando si quiera a traspasar la barrera del cristal. Pongo el disco. Suena "Palimpsest", lenta y amarga sonata acústica que secuestra el aire y le suspende en una amalgama de lirismo avasallador.

Son Smog y Bill Callahan. Es la expresión de la melancolía que se esparce por las paredes dejando la baba de la nostalgia. Me siento, y viene "Say valley maker"; Leonard Cohen tiene un hermano gemelo que se toma un cafe en una casa llena de huecos donde antes había fotos del ayer. Qué tristeza tan necesaria.


Dejo el libro en la cómoda y me detengo a oír "The well"; aparece un violín y el teatro de yo mismo se llena de sombras chinescas que se rifan las notas de Bill, que consigue llenarnos de una alegría de pena con sus ramos de flores susurrros.

Llego a la cumbre con "Rock bottom riser", pisando un bosque de hojas desnutridas, goznes en el habla, mientras el trino del juglar se enreda en una lira llena de moho y olvido. Sublime.

El terreno donde se mueve Smog es el de la propagación musical de odas retocadas con un silbido (como "In the pines") y otras con una leve instrumentación artesanal que te perfora y te deja vacío, con sed de más ("I'm new here").

No sé qué hora es. "A river ain't too much to love" sigue su curso tras la corriente del río de este dia oscuro de noviembre. Me asomo a la ventana y las nubes se echan una siesta sobre el edificio en construcción de la vida.

Mientras, Bill, entona "Let me see the colts" para que no se llegue a las manos en el cielo. Cuando acabo la escucha vuelvo a presionar play y a dejarme llevar por estas horas extrañas salvadas por la nostalgia tahur de este predicador sin biblia. Repito. Sublime.