Hace poco más de una semanas cayó en mis manos un album de este compositor francés (fallecido a finales del año pasado), titulado "Les nouvelles polyphonies corses", donde rendía un homenaje estremecedor a las polífonias de la isla francesa. Me quedé sin aliento.

Y sigo sin el, al toparme con este "In the house of mirrors", ultimo canto de este músico desconocido para muchos, y que fue plantando a su manera una imperecedera marca creadora que permanecerá, estoy seguro de ello, cuando pasen muchos, muchos años.


En su dilatada carrera encontramos colaboraciones con John Cale, David Sylvian, Eno o Sakamoto. ¿Y de que va "In the house of mirrors"?.

El músico viajó hasta la India, para contando con la inestimable ayuda de un trio que se llamo Swara, dejarnos en una atmosfera donde la espiritualidad que mana de cada instrumento te deja en un estado cercano a la paz, a la conjunción mediante esas notas espaciales y minimas hacia todo lo bello que existe en el mundo.

Sin palabras. Oigo "Attanaile border: south" con las cuerdas escarbando en la tierra donde nacerán los frutos para nuestros rebeldes oídos, y deja de parecerme importante toda esa dicotomía actual sobre la musica moderna, sobre lo independiente, sobre las calcalmonías.

No, esto es para uso y disfrute del alma, para acercarte a un jardín poblado de ruiseñores con poco trato con el ser humano, y escuchar "Wanna mako" y el slide guitar que rompe el cielo, y al tambur que se asemeja a la ola que se deja en los pies parte de su fuerza evocadora, para vivir entre suspiros el rato que dura el cuento (impacta la trompeta de Nils Petter Molvaer).

Y asi toda la hora que dura este vaso de agua que no se acaba, de sed que perece tras llenarse las paredes de mi casa de aire límpio, de volutas de desierto, de lejanía cercana, de sonidos acogedores, de puertas siempre abiertas a los viajeros que pernoctan para demandar al tiempo soluciones para la temporalidad del todo ("Sisyphe").

Cuando personajes como este Zazou nos abandonan, nos engañan.Ellos no se iran jamás. Permanecen en cada surco su transparencia, su levedad, el rubicón verde, los anzuelos para que tenga algo de sentido esto de escribir sobre música.

La extrema melancolía del inicio de "Nazar shaam" me hace dejar el teclado y repartirme sin defensas al gozo. Cierro el ordenador, me siento, cojo los susurros de los instrumentos con los dedos,y me pierdo en el confín sin saber cuando voy a volver.